Por NICOLE CRIMER y ALEJANDRINA LO SASSO-

La sexualidad es un aspecto central en la vida de las personas y atraviesa todas las etapas del ciclo vital. El concepto de sexualidad es amplio; no se limita al sexo, sino que incluye las identidades y roles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexoafectiva. Se expresa a través de pensamientos, deseos, fantasías, creencias, actitudes, valores, conductas y vínculos, y está influida por múltiples factores biológicos, psicológicos, sociales, culturales, económicos y políticos.
En el año 2000, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció a la salud sexual como un derecho humano básico. El término disfunciones sexuales se refiere a dificultades o imposibilidades para vivir la sexualidad de la forma en que una persona lo desea. Este punto es central: no toda dificultad en la vida sexual constituye una disfunción. Para establecer este diagnóstico, debe generar un malestar significativo, afectar la calidad de vida y/o el vínculo con otras personas. A lo largo de la vida, es común experimentar alguna disfunción sexual, al menos de manera transitoria. Una de las disfunciones más prevalentes es la disminución del deseo sexual, también llamada trastorno por deseo sexual hipoactivo. Este cuadro incluye síntomas persistentes o recurrentes como la falta o reducción del interés en la actividad sexual, la disminución de las fantasías eróticas y la ausencia de respuesta ante estímulos sexuales. Es más frecuente en mujeres, con una prevalencia estimada entre el 10 y el 30% a lo largo de la vida, mientras que en varones es del 15%, y puede tener causas psicológicas, biológicas, vinculares o una combinación de varios de estos factores, como sintetiza la tabla 1.
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